viernes, 25 de noviembre de 2016

ALGUNOS POEMAS DE JAIME TAPIA



 
 
 
“ES LA HORA
EN QUE LOS PÁJAROS
PICOTEAN EL ESQUELETO
DE LA TARDE”
 

El viejo
ha dejado olvidadas
ciertas palabras
dentro de un vaso con agua
junto a su dentadura
 
A esta hora
las calles están vacías
y el viejo cuenta
invisibles monedas
que salen de sus bolsillos 

Es la hora en que los pájaros
picotean el esqueleto de la tarde
y él ve caer una estrella
y recuerda aquella noche
en que aún era un niño
y deseaba lo imposible 

Y al otro día a la salida de clases
entre un cuaderno
de ciencias y otro de historia
sintió muy cerca de los labios
el beso de la muchacha
más bella del curso  

 

“EL MALETÍN” 

El vendedor viajero
deja pasar
un autobús tras otro 

Pues un pensamiento
ha torcido
el rumbo de su memoria 

Y nadie creería
que dentro del maletín 

Lleva esa tarde
en que lo pasó con sus hijos 

Y la mirada
aún enamoradiza
de la que fue su esposa 

 

“EL SUDARIO DE LÁZARO” 

Desde que el Nazareno
lo regresó a la vida
Lázaro siente
que la gente de la aldea
lo rehúye
Ya nada es como antes
incluso sus hermanos
apenas le dirigen
la palabra
Y a la hora de la merienda
le ponen
un pan y un plato
sobre la mesa
y con la excusa de darle
comida a las gallinas
o ir de compras al mercado
evitan estar cerca de él
Pues no tienen más
que mirarlo a los ojos
para asomarse al abismo
y experimentar el vértigo
de verse a sí mismos
en una suerte de neblina
con el rostro
aún envuelto en un sudario
y los pulmones ávidos de aire.

 

”FLOR SILVESTRE” 

Si algún día
vas a visitarme
al cementerio 

Busca
alrededor
de mi sepultura
una flor silvestre 

Si la llegases
a encontrar
acércala dulcemente
a tus labios 

Pues esa flor
habrá crecido
en la raíz
de mi boca 

Esperando
un beso tuyo
 
 

viernes, 7 de octubre de 2016

"EL INVIERNO NOS TATÚA LOS PÁRPADOS"




Cuentos
de Jaime Tapia Reyes
 

En estos 20 relatos, Jaime Tapia Reyes incursiona en el género narrativo, sin abandonar totalmente los recursos literarios propios de la poesía, como la metáfora y la personificación de animales, cosas y elementos de la naturaleza. Conserva esa sensibilidad lírica, a pesar de la tragedia y crueldad que a veces envuelve a sus personajes. Nos parece bien que la voz poética perviva en este otro género, pues es la única forma de escapar al dolor de los sucesos que nos cuenta, sucesos que se viven cada día en nuestro desquiciado mundo.
 
Jaime Tapia Reyes, utilizando la intertextualidad, términos del lenguaje comunicacional y algunas técnicas cinematográficas, como saltos sorpresivos de una escena a otra, raconto, cambios o ausencia de narrador, nos conduce con seguridad en sus argumentos hasta el desenlace obvio, en que sólo podemos pensar, como aquel hombre calvo del cuento “¿Y si fuera cierto?”
 
Iván Tapia Contardo
Taller Madero
 

 

 


 

 

NUEVOS POEMAS DE CARLOS EDUARDO SAA.



AGUA VIVA

 
 
 
(c) Francisca Avaria
 
 
Me paseo por la tierra por el aire nubes viento
Dios me bendijo agua viva para dar vida a la vida
Voy alegre por la tierra los cascabeles cantando
Se convierten los parajes en pedacitos de cielo.

Como si fuera mi madre me guarda la cordillera
Hasta que escapo de ella corriendo ladera abajo
Cual alegre niña salto entre peñascos rumorosa
Con mis ríos voy regando las castañuelas sonando.

De las nubes me libero para refrescar la tierra
Han cambiado mis colores cuando llego hasta los mares
Si la luna se asoma me adornan reflejos de plata
Según el sol que me alumbra me engalano con azules.

Soy reina en la tierra entera ella es mía casi toda
 Pero hay algo que no saben, es verdad que tengo vida
Toda mi esencia se altera si alguien cerca de mi sufre
 Me retuerzo en mil dolores con mis lágrimas de agua.

Mis moléculas se vuelven maravillosos diamantes
Al escuchar celestiales poemas y melodías
Como si fuera una novia me visten blancos encajes
                                      Ayudan a prodigarme dulces palabras humanas.
 
 
 
 
 
 

sábado, 2 de enero de 2016

PABLO, HACE FRÍO


 
Carlos Eduardo Saa

 
Nada más embriagador para la mente que la nostalgia. Los hombres vivimos aferrados a la añoranza como a una pared en un intento a veces vano de  derrumbarnos en la soledad, en la angustia. Algo así me decía el poeta Andrés Sabella, caminando por una playa de arenas tibias en Antofagasta. Ignoro qué  tan cierto este suspiro de Sabella. Casi en la misma época, Horacio Eloy sentenciaba algo parecido una fría tarde de otoño en un viejo café en la Quinta Normal, con Rolando Cárdenas, Matilde Ladrón de Guevara (quien me decía primo, por ser ella escritora y periodista) y otros contertulios.
 
Yo, muchacho flaco, nortino soñador. Me aferraba a aquellas charlas y sentencias; citas de otros grandes como Pablo Neruda, Huidobro, Gabriela, Lautaro Yankas.
 
Los encuentros con escritores, sobre todo con los poetas, tienen algo de sublime y de abyecto. No me pidan que explique esa contradicción, no me introduzcan en los laberintos de lo incomprensible. “No te fatigues buscando la verdad. Vive de lo posible en arte y en la vida”, y yo miraba a Neruda como a un dios oceánico. Ya en sus casas de Isla Negra, Santiago o Valparaíso, su palabra profunda y algo bonachona, por qué no cínica, me calentaba el entendimiento.
 
“En una noche como ésta vi las palabras de mis poemas de amor”. La noche en Isla Negra era oscura, silente, la escaza luminosidad venía de las estrellas reflejadas en la mar y de la anémica luz de las casas vecinas y lejanas.
 
“Al golpe de la ola contra la piedra indócil
la claridad estalla y establece su rosa
y el círculo del mar se reduce a un racimo
a una sola gota de sal azul que cae” 

Estalla la voz cavernal, como un relámpago en la penumbra. Se ríe y me toca el hombro. “Mañana”, le digo. “Sí, “Mañana”, contesta sin mirarme, con los ojos clavados en una ola que rompe contra la dura costa, dibujando un línea blanca que desaparece en la distancia.

Si observamos los recuerdos vemos que mucho se pierde en los años, pero que lo sobreviviente es valioso. “Ñoñerías”, me diría en Angelmó el poeta chilote Renato Cárdenas, quizás por  verdad, quizás por ebriedad, pues el curanto nos había exigido chicha de manzana  en cantidades no recomendables. Mas mis añoranzas me son caras, profundas. 

“La escuela de sal abrió las puertas
voló toda la luz
golpeando el cielo”… 

“¿Recuerdas?” 

“Sí, recuerdo. Es de tu obra La ola, contesto con cierto orgullo de sabedor. Neruda nada dice, pero sé que está satisfecho.  Caminamos, se sienta en una roca frente a su casa y queda en silencio. Veo su figura recortada por la tenue luz lunar y noto que su boina le confiere en esta hora mayor dignidad. Me sonrío y pienso que estoy difariando.  

“Pablo, hace frío”, le digo tras una media hora de silencio. Entramos, él prepara el mate como si fuera un rito oriental, lento, como adorando la calabacita, la hierba, la tetera. 

Sorbemos el líquido alegrado con pisco, y el sonido que producimos en cada chupada es como un diálogo con el poeta y yo, un decirnos misterios que ambos conocemos de la selva sureña, pero que él penetra hasta abismos que yo no alcanzo. 

“Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy.
El río anuda al mar su lamento obstinado”…

…nos leyó un mediodía en Valparaíso. Con Francisco Velasco y su esposa quedamos en silencio, sabedores que Neruda no esperaba comentarios  sobre “La canción desesperada”, que empezaba a recitar muy serio, como si estuviera solo y lejano. De pronto se río a carcajadas y nos invitó  al vino caliente con naranja. Yo, en un momento, tras varios brindis jocosos, me atrevía a recitar

“Amo Valparaíso, cuanto encierras,
y cuanto irradias, novia del océano, hasta más lejos de tu nimbo sordo”.

La tertulia continuó con nuevos brindis y libaciones, con risas y exclamaciones, recuerdos y anécdotas. De madrugada bajé el cerro con el frío golpeándome el rostro.  

Años más tarde, tras la muerte del poeta, caminé por la playa frente a su casa. El silencio ayudaba a la memoria. No sé si por el recuerdo de su trato cordial o por algo que no entendí, no me sentí sólo. Otras olas en las rompientes rememoraban aquellas de antaño.  En un momento recordé otra noche, cuando a Neruda le dije “Pablo, hace frío”.  Una lágrima me calentó el alma. 

Cerro Barón
18/09/ 2008

 

BAR UNION CHICA



Carlos Eduardo Saa


Es la hora del poeta, de la introspección,
de luz y tristeza.
Espejean de lluvias las calles.
Los edificios parecen fantasmas estáticos
en la cercana distancia.
Nueva York 11, tu puerta bate hacia
charlas que destilan ansiedades,
dolores, locuras, alegrías mías y ajenas.
Dejo afuera la ciudad,
Wenche bendice el vaso solidario
con la húmeda nostalgia del hijo de la selva,
el bueno de Rolando Cárdenas.
Bajo su eterna boina encuba bellas poesías
sureñas, palabras que saben
a curantos, lluvia, borrasca.
¿Por que, hermano Tellier escabas en el vino,
veneno atroz de tu congoja?
Ah tus aguaceros, ríos y muchachas
de tu Frontera que en ti canta
libertades de nubes y aguas.
Me dueles, Enrique Lihn con tu poema
quebrado entre el amor y la rabia.
Hoja a hoja, verso a verso intentas despojar
el peso que te aplasta el alma.
Es tu etrna busca de una imagen única.
Pero hoy, silencioso, en la mesa
de los poetas pareces un fantasma.
¡Vamos, vamos, patea otra vez lo que te espanta
y recibe mi sonrisa hecha de amistad blanca.
¡Eh Wenche! Escancia sangre negra de mi copa
que he contarte mis últimas horas
en esta mítica banca.
Mañana cambiaré el cemento por la playa.
Se me llenarán los ojos de agua y nostalgia.
Unión Chica, sólo semos añoranzas.
Vamos, Rolando, Enrique, Jorge, Teruca Hamel,
Coloane, Teofilo Cid, Cabrera Leyva.
Adiós adiós hermanos, parto;
he aquí la nave que envuelta en gasa
ha de llevarme a otro puerto
Adiós, adiós.
Triste, mi alma leva anclas.

 

martes, 18 de agosto de 2015

SOMBRAS DEL PUENTE JAIME


 
En las calles de Valparaíso
la nostalgia
pareciera ser un templo abandonado
de sombras intentando poner
en escena las obras
del pasado.  La muchedumbre
rueda sobre el pavimento,
ciega, sorda al quehacer de antaño.
Si alguien alguna vez cruzó
el puente Jaime, nadie lo sabe.
¿Quién recuerda las manos
elevando los pasos sobre el estero?
En el temporal de ayer,
entre el agua precipitando,
se oyó la voz de un pescador
surgiendo desde la caleta de los changos.
Si alguien la oyó, no lo dijo,
sólo la quieta ave desde su atalaya
volvió la cabeza, asombrada. 

La noche descansa solitaria
tendida en el pétreo lecho
de la Avenida Francia.
Un triste torero intenta abrir
El portón toril, pero como
la memoria del puerto,
desde la oscura boca
no emergió nada. 

 

Carlos Eduardo Saa
Taller Madero
Valparaíso.