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miércoles, 11 de enero de 2017

LA SOLEDAD DE LOS POETAS


 

 

Va mi ruta desdoblada

por la calle Serrano,

recordando poetas

y escritores que recorrieron

el puerto en busca de ternura.

 

El olvido de los soñadores

y rápido y cruel,

rompe nuestras armaduras

y nos arrastra a la locura.

 

Ennio Moltedo,

¿quién te ve hoy por

Prat, Esmeralda,

en la Plaza de la Victoria?

Eres alma errante, solitaria,

al igual que Neruda,

Sara Vial, Hugo Zambeli,

Renán Ponce, Tote España?

 

Nadie nos mira a los poetas,

somos fantasmas,

almas ocultas tras la niebla

de la indiferencia cotidiana,

del dinero, la bohemia

inculta de hoy,

y de alguna infamia.

 

Dime, Ennio, dime Pablo,

hay en el cielo de los vates

un bar donde beber

la alegría de ser maestros

de la palabra?

 

¿Están allí el Bar Alemán,

El Roland Bar, el café Riquet,

El siete Espejos, El Yaco?

Necesito saberlo, que si allá

no hay nada, servirá

de poco la muerte,

más valdría seguir

sufriendo en esta vida,

 

que poetas sin bares

ni prostíbulos

somos barco a la deriva.

 

Carlos Eduardo Saa

Cerro Barón, Valparaíso.

 

 

 

sábado, 2 de enero de 2016

PABLO, HACE FRÍO


 
Carlos Eduardo Saa

 
Nada más embriagador para la mente que la nostalgia. Los hombres vivimos aferrados a la añoranza como a una pared en un intento a veces vano de  derrumbarnos en la soledad, en la angustia. Algo así me decía el poeta Andrés Sabella, caminando por una playa de arenas tibias en Antofagasta. Ignoro qué  tan cierto este suspiro de Sabella. Casi en la misma época, Horacio Eloy sentenciaba algo parecido una fría tarde de otoño en un viejo café en la Quinta Normal, con Rolando Cárdenas, Matilde Ladrón de Guevara (quien me decía primo, por ser ella escritora y periodista) y otros contertulios.
 
Yo, muchacho flaco, nortino soñador. Me aferraba a aquellas charlas y sentencias; citas de otros grandes como Pablo Neruda, Huidobro, Gabriela, Lautaro Yankas.
 
Los encuentros con escritores, sobre todo con los poetas, tienen algo de sublime y de abyecto. No me pidan que explique esa contradicción, no me introduzcan en los laberintos de lo incomprensible. “No te fatigues buscando la verdad. Vive de lo posible en arte y en la vida”, y yo miraba a Neruda como a un dios oceánico. Ya en sus casas de Isla Negra, Santiago o Valparaíso, su palabra profunda y algo bonachona, por qué no cínica, me calentaba el entendimiento.
 
“En una noche como ésta vi las palabras de mis poemas de amor”. La noche en Isla Negra era oscura, silente, la escaza luminosidad venía de las estrellas reflejadas en la mar y de la anémica luz de las casas vecinas y lejanas.
 
“Al golpe de la ola contra la piedra indócil
la claridad estalla y establece su rosa
y el círculo del mar se reduce a un racimo
a una sola gota de sal azul que cae” 

Estalla la voz cavernal, como un relámpago en la penumbra. Se ríe y me toca el hombro. “Mañana”, le digo. “Sí, “Mañana”, contesta sin mirarme, con los ojos clavados en una ola que rompe contra la dura costa, dibujando un línea blanca que desaparece en la distancia.

Si observamos los recuerdos vemos que mucho se pierde en los años, pero que lo sobreviviente es valioso. “Ñoñerías”, me diría en Angelmó el poeta chilote Renato Cárdenas, quizás por  verdad, quizás por ebriedad, pues el curanto nos había exigido chicha de manzana  en cantidades no recomendables. Mas mis añoranzas me son caras, profundas. 

“La escuela de sal abrió las puertas
voló toda la luz
golpeando el cielo”… 

“¿Recuerdas?” 

“Sí, recuerdo. Es de tu obra La ola, contesto con cierto orgullo de sabedor. Neruda nada dice, pero sé que está satisfecho.  Caminamos, se sienta en una roca frente a su casa y queda en silencio. Veo su figura recortada por la tenue luz lunar y noto que su boina le confiere en esta hora mayor dignidad. Me sonrío y pienso que estoy difariando.  

“Pablo, hace frío”, le digo tras una media hora de silencio. Entramos, él prepara el mate como si fuera un rito oriental, lento, como adorando la calabacita, la hierba, la tetera. 

Sorbemos el líquido alegrado con pisco, y el sonido que producimos en cada chupada es como un diálogo con el poeta y yo, un decirnos misterios que ambos conocemos de la selva sureña, pero que él penetra hasta abismos que yo no alcanzo. 

“Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy.
El río anuda al mar su lamento obstinado”…

…nos leyó un mediodía en Valparaíso. Con Francisco Velasco y su esposa quedamos en silencio, sabedores que Neruda no esperaba comentarios  sobre “La canción desesperada”, que empezaba a recitar muy serio, como si estuviera solo y lejano. De pronto se río a carcajadas y nos invitó  al vino caliente con naranja. Yo, en un momento, tras varios brindis jocosos, me atrevía a recitar

“Amo Valparaíso, cuanto encierras,
y cuanto irradias, novia del océano, hasta más lejos de tu nimbo sordo”.

La tertulia continuó con nuevos brindis y libaciones, con risas y exclamaciones, recuerdos y anécdotas. De madrugada bajé el cerro con el frío golpeándome el rostro.  

Años más tarde, tras la muerte del poeta, caminé por la playa frente a su casa. El silencio ayudaba a la memoria. No sé si por el recuerdo de su trato cordial o por algo que no entendí, no me sentí sólo. Otras olas en las rompientes rememoraban aquellas de antaño.  En un momento recordé otra noche, cuando a Neruda le dije “Pablo, hace frío”.  Una lágrima me calentó el alma. 

Cerro Barón
18/09/ 2008

 

BAR UNION CHICA



Carlos Eduardo Saa


Es la hora del poeta, de la introspección,
de luz y tristeza.
Espejean de lluvias las calles.
Los edificios parecen fantasmas estáticos
en la cercana distancia.
Nueva York 11, tu puerta bate hacia
charlas que destilan ansiedades,
dolores, locuras, alegrías mías y ajenas.
Dejo afuera la ciudad,
Wenche bendice el vaso solidario
con la húmeda nostalgia del hijo de la selva,
el bueno de Rolando Cárdenas.
Bajo su eterna boina encuba bellas poesías
sureñas, palabras que saben
a curantos, lluvia, borrasca.
¿Por que, hermano Tellier escabas en el vino,
veneno atroz de tu congoja?
Ah tus aguaceros, ríos y muchachas
de tu Frontera que en ti canta
libertades de nubes y aguas.
Me dueles, Enrique Lihn con tu poema
quebrado entre el amor y la rabia.
Hoja a hoja, verso a verso intentas despojar
el peso que te aplasta el alma.
Es tu etrna busca de una imagen única.
Pero hoy, silencioso, en la mesa
de los poetas pareces un fantasma.
¡Vamos, vamos, patea otra vez lo que te espanta
y recibe mi sonrisa hecha de amistad blanca.
¡Eh Wenche! Escancia sangre negra de mi copa
que he contarte mis últimas horas
en esta mítica banca.
Mañana cambiaré el cemento por la playa.
Se me llenarán los ojos de agua y nostalgia.
Unión Chica, sólo semos añoranzas.
Vamos, Rolando, Enrique, Jorge, Teruca Hamel,
Coloane, Teofilo Cid, Cabrera Leyva.
Adiós adiós hermanos, parto;
he aquí la nave que envuelta en gasa
ha de llevarme a otro puerto
Adiós, adiós.
Triste, mi alma leva anclas.

 

martes, 18 de agosto de 2015

SOMBRAS DEL PUENTE JAIME


 
En las calles de Valparaíso
la nostalgia
pareciera ser un templo abandonado
de sombras intentando poner
en escena las obras
del pasado.  La muchedumbre
rueda sobre el pavimento,
ciega, sorda al quehacer de antaño.
Si alguien alguna vez cruzó
el puente Jaime, nadie lo sabe.
¿Quién recuerda las manos
elevando los pasos sobre el estero?
En el temporal de ayer,
entre el agua precipitando,
se oyó la voz de un pescador
surgiendo desde la caleta de los changos.
Si alguien la oyó, no lo dijo,
sólo la quieta ave desde su atalaya
volvió la cabeza, asombrada. 

La noche descansa solitaria
tendida en el pétreo lecho
de la Avenida Francia.
Un triste torero intenta abrir
El portón toril, pero como
la memoria del puerto,
desde la oscura boca
no emergió nada. 

 

Carlos Eduardo Saa
Taller Madero
Valparaíso.

martes, 11 de marzo de 2014

DE MI NUEVO NIÑO



Carlos Eduardo Saa

 

Sonríe el niño nacido
desde mi nuevo sueño
Espiga al viento sus cabellos,
flor de aromo su mirada
fruto de higuera su fragancia
canto del río su palabra
Niño leve sobre mis sienes
lleva rosales y nísperos
en obsequio a mi ventana
siempre abierta a la nueva esperanza
Sin lágrimas sepultó al dolor
y le cubrió con pétalos de rocío
extraídos a la celeste montaña
donde moran el ruiseñor y la alondra
 
Canta niño mi niño y las aves se callan
No hay voz ni trino que lo igualara
Paseamos por las vegas y mares
sin temor a lluvias ni tormentas
Segura como roca es nuestra nave
que nos conduce hacia lares
de amor comprensión y felicidades.
 
Tengo un niño nuevo. A él debo
la vida y no hay quien se le compare
Yo soy el hijo yo soy el padre
ambos vamos hacia emociones
nuevas y ya no habrá quien nos separe.

 

martes, 8 de octubre de 2013

NOSTALGIAS DE LA PAMPA, CARLOS EDUARDO SAA.



CANÍCULA

Recuerdo las tardes en la pampa
Con el sol rabiando en el cielo
Sin nubes, vidrio azulado
Sobre nuestras cabezas nortinas.
El lago engañador tendía un horizonte
Temblando en la distancia,
Sugiriendo frescura y templanza
Donde esas cosas no había.
La tarde se vaciaba de almas,
Las camas recogían los cuerpos
Aturdidos por la infernal calor.
Yo miraba desde la escala
De entrada a mi casa
Como las aves escondían sus plumas,
Los alacranes huían a sus cuevas,
Ni las lagartijas se exponían a la canícula.
En la altura, como un punto negro,
Un cóndor desafiaba el infierno
Volando en círculos, quietas las alas,
Sabedor que en alguna parte
Moriría un ternero, un ave,
Incinerados sobre la pampa.
Cierro hoy los ojos y me veo niño
Intentando comprender la historia
Del desierto, el por qué tanta muerte
Donde hay escasa vida.
Rememorando esas horas entiendo
Que encogido de nostalgia
Mi cuerpo no descansará bajo esa tierra,
Que la muerte en estos lares me espera.

 

SUEÑOS SIN DESTINO
 
Soledad, la moza más linda
De la aldea sueña con un forastero
Que la rescate de ese pequeño infierno
Y la lleve donde la vida tiene risas,
Bailes, riquezas y locuras desconocidas.
Pero va viendo como la piel se aja
Igual que el cuero de los tamboriles
Que en la fiesta religiosa tiemblan
Percutidos por las manos de los muchachones.
Mira a su madre y a su abuela,
Encogidas como fruta seca
En el rincón cercano al fuego,
Apagados los ojos, los cuerpos
Olvidados del deseo.
La tristeza le adormece el alma,
Las manos buscan un pañuelo
Que por la mejillas corren
Lágrimas de negro desconsuelo.
Sabe que nada pasará,
que no habrá dulce destierro,
que morirá  gimiendo su tormento
En los solitarios cementerios pampinos.
Mas no cierra la esperanza,
Mira hacia las quietas nubes
Y vuele a abrir la puerta  a sus sueños.






NOSTALGIA, AMIGO

Nostalgia, amigo, de mis tierras
Pampinas, de la arena, el cabrerío.
Cuando el corazón serena su paso
Se me vienen a la mente el desierto,
La interminable  pampa,
Los cerros a lo lejos entorpeciendo
La mirada hacia otros valles, otros cerros.
Linda era la hora del regreso
Del cabrero guiando al ganado,
Paso lento, como las horas allí, 
Que nada, nadie tiene apuro
Donde la vida carece de bríos.
Una mujer recorre el camino
Con la cabeza gacha,
En una mano un bulto,
En la otra un taciturno crío.
Pocas con las alegrías en esos
Lugares, de pocas casas y muchos ranchos.
Pobreza, eso sí  que hay, amigo,
Hambre y frío. Escaso es el pan,
La carne, el vino.
Triste vivir por esos lares,
Triste la vida del minero,
Desolado existir el del pampino.
En su dolor, cada hombre y mujer
A veces cantan en alguna fiesta,
O en una tarde de soledad.
El charango y la quena penetran
En su sangre y por un momento
Se acercan a lo sagrado,
 A sus dioses, a la Pachamama,
Amante diosa que no los olvida.
Sí, mi amigo, que en lo más hondo
De la angustia, sabe cantar el nortino.
 


LA TARDE

La tarde de enero esparce
Sombras sobre el caserío
A la entrada del desierto.
La pampa se adormece
Lenta, como un pesado río
De lodo y escombros.
El canto de un niño se alza
En el aire como el timbre
De un campanil pueblerino.
 









Carlos Eduardo Saa, nacido en Vallenar, Chile, es un poeta de larga trayectoria, gestor cultural y tallerista en la ciudad de Valparaíso.

 http://escritor-en-baron.blogspot.com/